Aclaración

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martes, 8 de febrero de 2011

En los ojos del hijo

Lo arropó como todas las noches. Besó su frente, le susurró un lánguido “duerme bien” al oído y bajó las escaleras en puntas de pie.
Se sentó en el sillón más cómodo del living y mecánicamente encendió el televisor. Con el control remoto en la mano, pasaba uno a uno los canales. Se detuvo sin pensarlo en un documental que mostraba como, en algún lugar del mundo, un horrible escarabajo negro construía su casa con estiércol.
No recordaba el momento exacto en que había notado aquél brillo. Era un pequeño destello en los pequeños ojos, un resplandor imperceptible para cualquier persona que no fuera ella. Porque ella era madre, y las madres saben.
Se pasó la mano por la frente y descubrió que, a pesar del frío, estaba sudando. Era un sudor localizado sólo en la frente, el resto de su cuerpo estaba helado.
Las diez de la noche y sola. Hacía meses que su hombre no llegaba a casa sino hasta las dos. Escuchaba las agujas del reloj moverse por encima del bajísimo volumen que le había dado al televisor, y sentía que los segundos tardaban mucho más de lo debido en formar minutos. Su percepción del tiempo se veía alterada por la soledad, y por el miedo.
Se recostó transversalmente en el sillón, con la cabeza sobre uno de los apoyabrazos y las piernas colgando del otro. Los zapatos cayeron sobre el piso de madera, haciendo un ruido demasiado fuerte. Agudizó sus oídos con el corazón latiéndole en la garganta: no, no se había despertado. La sola idea de escuchar el llanto la llenaba de angustia. Nunca sabía cuando se iba a presentar el brillo.
Cuando se presentaba los ojos de su hijo eran otros. El espejo se empañaba y ella ya no lograba verse.
Ahora la pantalla mostraba una especie de langosta que, para camuflarse, tomaba la apariencia de una hoja verde. Había que esforzarse para distinguirla entre el follaje. Quién sabe cuántas langostas escondidas habría en su propio jardín, allí, invisibles entre las hojas del rosal cuando florecía en primavera.
Primavera. Qué lejana parecía ahora la idea de la primavera, en medio del frío, de la incertidumbre, del brillo en los ojos.
Había dudado al principio. Se había obligado a pensar que era sólo algún tipo de alucinación, un juego perverso de su mente, una artimaña más de su psiquis para bloquearle el camino hacia la felicidad que por fin había alcanzado. Pero con el pasar de los meses ya no pudo negarlo. Realmente había algo en esos ojos.
Cuando la miraban se le congelaba el alma.
Al escuchar el llanto ella corría hacia la cuna y él, al verla, dejaba inmediatamente de llorar y le clavaba los ojos encima, callado y sereno, consciente del temor que provocaba. Entonces ella respondía a las necesidades de su hijo, lo aseaba, lo alimentaba, pronunciaba las palabras de rigor y hasta fingía una caricia. Algunas veces, mientras dormía, se asomaba a contemplar su belleza: el fino cabello rojizo que apenas cubría la pequeña cabeza, las manitos regordetas y las mejillas rosadas. Sería hermoso, si sólo tuviese los ojos cerrados. Siempre.
Trabajosamente se incorporó y caminó, descalza como estaba, hasta el ventanal enorme que comunicaba la cocina con el patio trasero. El viento mecía las ramas secas, acariciándolas con la suavidad de un ángel.
Ella apoyó su frente ardiendo contra el vidrio. Sintió el frío reconfortante. Lloró.
Si tan sólo hubiera sabido.
Pero no, no podía saberlo. Entonces todo en su vida era dicha, sentía crecer día a día esa criatura en su interior, descubriendo cada cambio, imaginando la textura de su piel, la forma de sus manos. Cuando lo sentía moverse dentro de su vientre, ella se quedaba tan quieta, conteniendo la respiración, saboreando la sensación única de estar gestando vida. Y se sabía importante, el sol en el universo del ser que llevaba dentro, manantial de sustento y calor, células creciendo alimentadas por sus células.
Luego ese dolor intenso del que emergió, azul y ensangrentado, su primer hijo.
Recordaba todo con la exactitud de la obsesión: fechas, horas, minutos. Sin embargo, por más que se esforzase, no lograba recordar la primera vez que había notado el brillo.
Afuera la luna reflejaba un blanco obsceno. Las sombras otorgaban a los objetos familiares un aire fantasmagórico.
Cerró las cortinas, ya no quería ver.
Caminaba pesadamente, atenta a no resbalar con sus medias de seda sobre el piso encerado.
Sirvió café en la taza más grande que tenía. La noche sería larga, debía estar preparada.
Muy despacio volvió a ocupar su lugar en el sillón del living. En el televisor, un hombre luchaba mano a mano con un cocodrilo. Ella sonrió al verlo, le parecía imposible que el tipo ganara la batalla: el animal lo doblaba en tamaño y en peso. Quién sabe que se propondría al iniciar ese duelo. Quién sabe cual de los dos luchadores tendría más que perder.
Desde el reloj de la pared le llegaron unos acordes apagados. Las once. Sólo una hora había pasado, sesenta minutos, y para ella había sido la mismísima eternidad.
Acercó la taza de café a sus labios y sintió el calor del líquido dentro de la boca. El sabor amargo le hizo fruncir el seño. Le gustaba así el café: negro, sin azúcar. Pensó en agregarle un par de gotas de Brandy pero no, esa noche no estaba de humor para el alcohol.
Bebió un sorbo, y otro, y otro. No quería dejar que se enfriara. Necesitaba levantar la temperatura y atiborrarse de cafeína el organismo.
No le hubiera venido mal algo de nicotina, pero su marido era un acérrimo perseguidor de fumadores, y la había obligado a dejar el infernal vicio como condición indispensable para concretar el matrimonio. Ella no lo había extrañado, hasta esa noche.
Se sentía cansada, demasiado cansada. La frente le ardía y las manos eran bloques de hielo. Buscando calor se sentó sobre ellas. Comenzó a balancearse, atrás y adelante, atrás y adelante, cada vez más rápido. El corazón le latía fuertemente y la respiración se había vuelto agitada. De pronto se detuvo, sintiéndose algo así como idiota.
Debía dormir. Los huesos le dolían, sus pies hinchados casi no podían sostener su peso.
Se obligó a beber hasta la última gota de café. Cuando lo logró, el estómago le dio un vuelco. Debió hacer uso de toda su voluntad para no vomitar.
Escuchó el llanto lejano, como si viniera de otro mundo. Temblando subió la escalera.
Entró al cuarto y el niño se calló. La miraba con esa mirada inquietante, aterradora. Ella se acercó a la cuna y lo tomó en sus brazos.
Allí estaba el brillo. Verdadero, innegable.
Siguió meciéndolo, cantando una dulce canción de cuna. Cómo deseaba despertar de aquella pesadilla!
El hijo seguía mirándola, con la miel de sus pupilas transformada en negro. Un rictus se dibujó en la pequeña boca, intentando improvisar una sonrisa. Pero no lo era.
Ella, ésta vez, no dejó que el terror le hiciera girar la cabeza. Clavó sus ojos en los de él, desafiante.
En ese momento ya no tuvo dudas de lo que se reflejaba en los ojos del hijo.
El niño comenzó a dormirse, los músculos se relajaron en los brazos de su madre que continuaba cantando con lágrimas corriéndole en cascadas por las mejillas.
Ella lo dejó en su cuna, lo arropó y muy despacio le besó el cabello. Viéndolo así, el corazón se le estrujó dentro del pecho.
Sería hermoso, si sólo tuviese los ojos cerrados. Siempre.
Bajó las escaleras y con la respiración entrecortada caminó hasta la cocina. Le temblaban las manos al abrir el primer cajón de la derecha. Revisó frenéticamente su contenido, hasta que dio con lo que buscaba.
Hubiera dado su vida entera por no tener que hacer lo que haría.
Pero debía hacerlo.
Porque ella era madre. Y las madres saben.
En puntas de pie subió las escaleras, sujetando el pomo de pegamento con tal fuerza, que uno de sus extremos se le clavó en la carne.







María Claudia Capelli –Argentina, 1968-
“Soy profesora de lengua italiana aunque suene a vieja de rodete. Escribo desde que sé escribir y soy muy pero muy feliz haciéndolo”.

martes, 11 de enero de 2011

Parricidio

Fue cuando mi padre, el señor Primpirimpum, se transformó en botella, cuando vi claro la esencia de la cuestión. Me levanté del asiento: el cuarto en penumbra estaba lleno de magia, volutas de humos de raros ornamentaban el aire, los magos, en cuclillas, se balanceaban. Todo estaba repleto de sentencias, y era imperioso saber sobre esos ríos de cauce somnoliento, encender cien velas de fuego y de delirio e iluminar esas últimas cruzadas. Saber, en fin, saber sobre las intrincadas flechas direccionales, cual pudo ser aquel mejor sendero que no pisé, que no pisamos, para reivindicar las tantas cosas que hoy son muertas: el tic-tac del viejo reloj a péndulo que sin embargo no fue ritmo que cambiara las esencias.
“Funerales de muerte” –le escribí mentalmente en una carta de fecha veintidós del quinto mes del año- “me entrecierran los ojos al igual que otras viejas historias. Hay que invertir los contenidos de las letras, y trastocar urgente los significados; hay que demoler la educación tan criteriosa que fabricaron esos lindos diccionarios”. Era una carta larga, alocada, cuyo sentido podía ser cualquiera, aquel que uno le atribuyera dependiendo del cuándo y de dónde se leyera.
El señor Pimpirimpum, se transformó en botella, dije, un sábado a las cuatro de la tarde. Lo vimos todos, en aquel cuarto ido, desplegarse en reflejos, reducirse. El había afirmado con fervor, con conciencia, poder reinvertir su proceso, tomando no más de dos gotas de aquel líquido verde y perfumado. Lo vimos todos, en aquel cuarto ido, enmudecer la consigna de lo humano, desaparecer, transformarse, junto al recipiente verde, que su nuevo nacimiento había engendrado.
Señores, lo repito, fue ese día cuando se me acallaron las preguntas, cuando no hice más que levantarme y contemplar el cuarto lleno de volutas retorcidas, dispares, apareciendo y desapareciendo a intervalos.
Más tarde, pensé en escribirle aquella carta; me pareció importante, imprescindible que supiera el por qué de la acción ingrata, que, según dicen todos, realicé. Por tanto, me concentré especialmente, tratando de acercarme a esos ríos siempre constantes de la vida, intentando desdoblarme y quedarme desnudo, como al final o tal vez, al principio. “Perdóname”, comencé, buscando las palabras, “si considero que es irreversible toda transformación que ocurra cuando estamos. Tal como el crudo, inviolable nacimiento no puede postergarse, tampoco puede devolverse el cambio portentoso, inmerecido de la forma, el tamaño, la materia.” “Perdóname, pero hay que hacer cruces sobre los mapas y dejar de conocer la geografía, porque si se logra estar allí, que nos importa la locación exacta”. “Siempre creí que era indecente apropiarse de una fantasía ajena, crearse fines, resultados, que nos siguen siendo extraños”. “Tú dirás –y estoy seguro que tu nueva forma cristalina te ayudará a ver mejor las cosas- que fui apresurado, que añora sus miembros, el breve corazón latiendo, pero lo importante es que conservas la esencia, el diminuto, imposible atributo de la esencia.”
“Tú dirás, diremos todos, que sólo el pensamiento, la grande, imbatible Razón nos salvará. En este oscuro cuarto, nada queda, nada más que la inquisición siempre incompleta, el fruto desgajado de tantas religiones. No queda otra cosa en este cuarto que nuestro propio sudor desenfrenado, la bomba de hidrógeno, tal vez y nuevamente, el sistema planetario. Ya no puede importarnos el pasado, haber añorado las adoradas obras de otros pueblos y otros hombres, haber clasificado con orden y decoro, los datos de tantas destrucciones. Ya no puede importarnos descubrir hoy o mañana que algo nos otorgará más aliento –una pastilla que se yo, o un teletrasmisor de ondas- pues por más que los años se alarguen, el miedo es uno y dura todo el tiempo”.
“¿Qué más puedo decirte en esta carta? Te quise siempre: eras mi padre. Pero hoy que no tengo cementerio donde ir a llorar sobre tus huesos, esa botella en la que quedarás plasmado significa mi primera libertad biológica. Tal vez ahora, pueda dejar de comer todos los días, dejarme morir a voluntad o hacer el amor sin otra responsabilidad que el dar a luz hombres separados de los hombres, exquisitamente limpios, redimidos”.
Después de lo cual –todos los que allí estaban coinciden en afirmar- me levanté del asiento y me dirigí hasta el recipiente que guardaba la flamante, cristalina botella, que ese líquido podría convertir en persona, y haría estallar con la forma del Señor Pirimpimpum. Pero entonces, con ademán preciso, arrojé el recipiento contra el suelo, y el líquido se expandió en un charco verde, tintineante, que fue absorbido, poco a poco, por las fisuras, entre las viejas baldosas.












Teresa Porzecanski -1945
Escritora uruguaya, crítica cultural y profesora de antropología de la Facultad de Ciencias Sociales de Montevideo. Ha publicado ensayos, poesía, colecciones de cuentos y novelas.

martes, 13 de abril de 2010

Allá -Horacio Fontova

No sé si todo era más tranquilo, pero era más claro, grande y luminoso. Era la sorpresa de ver, oler, palpar y oír todo por primera vez. El recuerdo de la hermosa voz de mi madre cuando me acunaba extasiándome con su olor inolvidable, cuando jugar con mi trompo superaba cualquier intento de comprender la espiral del universo, más fácil y divertido que la meditación o el arduo yoga, cuando los Reyes Magos realmente existían, cuando me esperaban tantos cumpleaños, cuando jugar con mis soldaditos de juguete no tenía olor a sangre humana, cuando los grandes eran verdaderos colosos vistos desde abajo, cuando el viento, los truenos y el cielo estrellado hasta tenían sabores y olores súbitos y las nubes eran de algodón; cuando todo, cualquier cosa, se podía dibujar sin haber cursado la escuela de bellas artes, cuando obras sanitarias era un edificio lleno de agua, cuando no sabía que mi canario Petronio estaba preso, cuando llorar no daba vergüenza y reír era tan fácil, cuando mi mejor proyecto era esperar el día de poder afeitarme como mi padre, cuando la plaza Lavalle era el paraíso, cuando mis amigos empezaron a ser sagrados, cuando la magia era mi madre cocinando, cuando todo era esperar lo mejor, cuando todavía no me imaginaba nada de todo esto.










Horacio Fontova: (Buenos Aires, 13/10/1946)

Músico, actor, compositor, dibujante, escritor.

lunes, 11 de enero de 2010

Propiedades de las sombras -Harryhaller-

Cuando la dirección del viento y la posición del sol coinciden de una forma que me está vedado revelar, las ramas del árbol de las sombras emiten un sonido similar al del océano. Es en ese momento en que ellas se desprenden de sus tallos y cubren el suelo con su manto oscuro.

El efecto solo dura unos instantes (el peso de una sombra es increíblemente leve), luego se levantan por el aire y caen en lugares muy diversos, se posan sobre los ojos de las viudas, se refugian bajo los parasoles de los veraneantes, o maquillan el pelaje de un leopardo.

Sobre la copa de uno de ellos anida una paloma cuya sombra nunca aprendió a volar, y permanece en la rama hasta que su dueña regresa.

Existe también en el oriente, un zoológico de ellas. En ese lugar los cisnes producen contra la pared, la figura de un humano ejerciendo movimientos con las manos y los brazos.

Los árboles caídos también la poseen, generalmente debajo de ellos. Yo sé de un Ombú derribado, en el medio de las pampas, cuya sombra aun se mantiene erguida, cobijando al peregrino en las tardes de calor y protegiendo de las lluvias los días que llueve con sol.

Ellas se comportan como quieren en lo oscuro, y sus formas no respetan el diseño original,la negra silueta de una aguja, es por ejemplo, de noche una mujer hermosa.

Cuando me estoy por dormir, y cuando nadie la ve, puedo percibir la de una mujer, que hace tiempo me olvidó. Llega, me abraza, y me susurra al oído que todavía me quiere.

Se que no es fácil creer lo que les cuento, tal vez estén tentados en pensar que están leyendo solamente la sombra de un texto que alguna vez escribí, o quizás (y es mas probable) un texto escrito por la sombra de un escritor que no existe.




 
 
Harryhaller, seudónimo de Gabriel G. Escritor nacido en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires.

Prometo mentir-Eride-

Azul rayos de sol sombras en el fondo.
Un bulto flota silencio lejos voces respirar angustia burbujas agua que entra por boca por nariz sale por los ojos cerrados pararla detenerla tratar de defenderse a manotazos caer espasmo despertar.

Otra vez el cuerpo sudado en medio de la noche.
Mira la libreta junto a la cama y duda. Ya dejó de escribir sus sueños. Es siempre el mismo sueño, ni siquiera es suyo.
Se levanta a tientas sale a la terraza enciende un cigarrillo. Debería dejar el cigarro, pero la ansiedad no la deja. Desde la terraza sólo ve oscuridad, hace tiempo dejó de encender las luces del jardín.

Acumula suficiente frío en el cuerpo y apaga el cigarrillo. Entra, enciende la luz pequeña junto a la cama. Sabe que ya no podrá dormir. Se acomoda, el calor del portátil sobre las piernas. Responde correos. Escribe consuelos a pedido. Lee cada caso y escoge palabras que reconforten ese dolor puntual. Luego, termina un discurso para la Fundación. Revisa los párrafos moviendo los labios, imaginando el mejor énfasis posible. Es buena con las palabras, siempre lo fue. En el colegio, en la universidad, blandía las frases justas. Era un juego. Ahora también lo es. Pasar el tiempo zurciendo dolores ajenos. Ella sabe. Podría mirar a cualquiera a los ojos y decir que ella entiende.

Amanece, revisa su horario, ducha, vestido, maquillaje frente al tocador. Se mira mientras aplica el delineador. Ya no llora, no necesita repetir la operación tres veces para ocultar huellas de llanto. Lo hace de memoria, ni siquiera toma tiempo para observarse en el espejo. Lleva su mano a la boca, a la frente, cierra los ojos. “Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Mateo duerme.

Entreabre la puerta de la habitación. Siente la respiración constante que delata el sueño. Se dirige a la ventana y la abre para que entre el sol. Su boca sonríe, sus ojos olvidan hacerlo. Da los buenos días en voz alta, dice que afuera está bonito, que saldrán juntos. Lo lleva al baño, el agua de cada día. Luego, lo seca sobre la cama. Mira su piel y piensa cómo era de bebé. Se ve a sí misma, más joven y al pequeño sobre la colcha de elefantes azules. Besa sus pies diminutos, el pequeño ríe, el recuerdo de su risa satura el aire.
Mateo parece distraído. Ella nunca sabe hasta dónde está con ella mientras siguen la rutina diaria. Lo viste. “Es paciente y muestra comprensión”.
El amor. Caricias en el rostro, abrazos, juegos, caminatas, lecturas compartidas, mesas de domingo, miradas cómplices, palabras dulces. Nada. Está cansada por las horas sin dormir. Decide llamar a Sonia para que dé desayuno al niño. Sonia se las arregla muy bien. Al salir acaricia su cabeza.

La cabeza diminuta de Mateo que sobresale de la línea del agua. Los crespos de Mateo, sólo ellos. El rostro de Mateo no se ve. El silencio. Ella no grita, el aire va hacia adentro y las vías colapsan. La boca entreabierta y el silencio. Alguien corre, se lanza al agua, recoge al niño, lo saca. La fiesta sigue su curso en el comedor. Se oyen voces.
Ella desde el balcón mira el juguete que queda flotando a medias en la piscina.

“No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad”.

Años. La película se repite a saltos, a veces ve primero el juguete, a veces ella logra gritar, a veces corre, a veces intuye todo antes de que pase, a veces lo toma en brazos un momento antes de que salga hacia el jardín, a veces no hay fiestas, ni piscinas, a veces se marcha del país cuando aún no hay nada de eso en el horizonte.

Se lo entregaron en los brazos. Dieron múltiples explicaciones. Ella no supo. La mente se rebela: No es, no es él, mi pequeño se ríe cuando me ve me tira sus bracitos. La mirada en ese ser que respira. Mi perro también respira y él se alegra cuando me ve. Ojos que buscan otros ojos. Que habrá allá adentro. Llorar. Por qué lloro, ya no está, se murió, se fue, llévense esto. No pensar. Actuar. Volver a casa. Hacer lo que hay que hacer. “No se deja llevar por la ira y olvida lo malo”.

Un cuerpo que respira no es causal de entierro. Enterrar los sueños.

En el taxi repasa su discurso. Sostiene a Mateo entre los brazos para evitar que se golpee en un descuido. Hablará del amor ”nunca pasará” de los pequeños gestos que nos engrandecen como seres humanos. Será emotivo. Otros treinta, hombres y mujeres, verán en esas frases una esperanza nueva.

Tal vez puedan dormir por una noche.
Ella, la insomne, vive la promesa que hizo para sí.



Éride, seudónimo de Alejandra Troncoso. Escritora chilena; participó de la antología "Al diablo adentro".

viernes, 11 de diciembre de 2009

Ser esdújulo -Francisco javier Arqueros-

Siempre me gustaron los acentos. Ellos son únicos, contundentes. Establecen límites o, mejor dicho, ponen las cosas en su justa medida. Los acentos son al lenguaje lo que las especias y hierbas aromáticas al milenario arte de la gastronomía. Dan el toque, la nota justa.
Pero ellos, los acentos, no siempre se explicitan; a veces les gusta jugar de agentes encubiertos, por joder nomás. Es por eso que nuestra lengua, la mejor del mundo por lejos, se permite el lujo de tener acentos fonéticos y ortográficos. Allí están entonces las tildes, denominación que siempre me ha parecido débil, insegura y sobre todo equívoca.
Buscando en el sacrosanto diccionario encuentro que ellas son una “virgulilla o rasgo que se pone sobre algunas abreviaturas, el que tiene la ñ y cualquier otro signo que se use para distinguir una letra de otra o indicar su acentuación.” Hasta aquí las cosas, a mi ver, no están muy claras. Pero esto no queda allí. El sacrosanto se despide con “tacha, nota denigrativa… cosa mínima.” No lo soporto. ¿Cómo es que un portentoso acento terminaría siendo, en una interpretación equívoca, algo mínimo, si resulta que El, el gran acento, le pone sal a la lengua? Además ¿qué es esto de virgulilla? Suena mal. Porque una virgulilla resulta ser “cualquier -cualquier, o sea que da lo mismo- signo ortográfico de figura de coma, rasguillo o trazo, como el apóstrofo, la cedilla, la tilde de la ñ y la raya que se pone sobre las abreviaturas -o lo que es peor- cualquier rayita o línea corta y muy delgada.” ¿Qué esto de cualquier rayita? Un claro ninguneo a su majestad el acento.
La labilidad de los tiempos y los mismos hechos nos han hecho saber que las tildes pueden ser (y son) groseramente olvidadas y tales olvidos finalmente son aceptados por la fuerza numérica, expansiva, de la simplificación progresiva del lenguaje que, nos guste o no, implica la reducción de las ideas. Las ideas, se desarrollan a partir del leguaje. Una simbiosis maravillosamente necesaria que debería ser prufundizada insistentemente. Es que no se pueden desarrollar las ideas (el pensamiento) si no contamos con las palabras y, ellas, deben ser esencialmente correctas, justas y precisas. Si no ocurre así, las ideas se van a... ya saben dónde.
Las palabras, como las ideas, pueden ser agudas, graves o esdrújulas. También pueden ser simplemente palabras, sin la necesidad de caracterización alguna, son las que nada dicen, las de los discursos vacíos. Lo que no es aceptable es que las palabras, esencia de las ideas terminen en manos de la virgulillación, a dos pesos por rayita corta y muy delgada. Acentos, señores y señoras, acentos. Definición y claridad. Que ya está bien de virgulillas. Acento, espacio en el que se produce la mayor intensidad de voz con que se pronuncia el núcleo vocálico de la sílaba de una palabra.
Y, si de acentos hablamos, tildados o no, nos encontramos con tres categorías, una de ellas con su “up grade”. Las palabras acentuadas son agudas (u oxítonas), llanas o graves (o paroxítonas) y esdrújulas (o proparoxítonas) y con lo que he llamado un “up grade” las sobreesdrújulas, que serían algo así como una orgía de la acentuación. Por suerte son escasas, en defensa de la moral y las buenas costumbres, digo. Porque hay que ser proparoxítono y ni te cuento si se termina siendo ultra proparoxítono… No habría cuaderno ni palotes que aguanten.
Las palabras agudas me parecen concretas, definitorias, incisivas y a veces, dolorosas. Revés, vivió, jabalí, perdió, patán, jardín, robó, cumplió, virrey, Uruguay…
Las llanas o graves son, precisamente, graves. Por ahí resultan algo más serias. Carácter, pómez, fórceps, fácil… En general no me motivan, aunque tienen lo suyo. Son serias.
Y las esdrújulas (ni hablar de las sobreesdrújulas) son excitantes, contundentes a más no poder y, además, siempre llevan su virgulilla, para mí -un arcaico- el acento explícito. Carámbano, forúnculo, régimen, límite, anárquico, ignífugo, pedúnculo, cúmulo, fascículo, ridículo, retícula, módulo, adminículo…
Luego tenemos las palabras átonas (definición esdrújula, por cierto), que –supongo- ponen las cosas en equilibrio o terminan desfigurando el discurso, a fuerza de hablar de nada. Como culo, curiosa terminación de muchas palabras esdrújulas. ¿Será que nuestras posaderas son, además de soñadas y ansiadas en más de una oportunidad, el equilibrio o en todo caso, el bálsamo moderador a tanta pasión, la humana? ¿Será que de tanto discurso que no expresa nada, nos va como el mismísimo culo? Dicho de otro modo, si se menciona al crepúsculo, ¿en qué estaríamos pensando?
Me defino, no esquivo al bulto. Apuesto a lo esdrújulo. Es, probablemente, más complejo y expuesto. Pero ¿quién te quita lo vivido, por aciago que resulte? Como bien definió Pedro Mairal, el culo se va, te abandona...





Francisco Javier Arqueros (1952)
Arquitecto y "enseñante aficionado", como él mismo se define. Reside en Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina.
http://arsushuaia.blogspot.com/

viernes, 4 de diciembre de 2009

Vení llorado -Eduardo Belgrano Rawson

Mi tía, que también tiene su historia, está cansada de poner la oreja para las tragedias ajenas, sobre todo a partir del Cacerolazo, cuando el país quedó culo arriba y la gente no hacía más que contar miserias. Todo el mundo se cree en derecho a atosigarla con su operación de la próstata o el último asalto que padeció. Total que la buena mujer, cuando te ofrece su casa, sólo pone una condición: que no la usen de paño de lágrimas. “Te espero a las ocho”, dice, “pero vení llorado”. No quiere que el llanto de los parientes le arruine sus empanadas.


Pero es demasiado pedir. Hay mucho estrés en el aire. En menos que canta un gallo, su casa es un lloradero. Ahora el grifo lo abre Fernanda, que lleva su cruz de maestra en una escuela municipal. Confiesa que a la salida debe quitarle el cuaderno a los chicos porque en la villa los usan para hacer fuego. Eso es suficiente para que Mariela, que enseña lengua en Lugano, se zambulla en su propio drama. Ayer un encapuchado entró mientras daba clase y le tiró un baldazo de agua. Luego huyó a la carrera y todavía lo están buscando. Mariela, como tantas de sus colegas, está sorda y afónica y loca como una chicharra, así que sella su historia del encapuchado con un ataque de hipos. Para peor, hoy es viernes, el día más negro de la docencia. Revela que está en tratamiento psiquiátrico y entonces todos caemos en un frenesí de tragedias.

El único que calla es mi tío, mientras rumia su empanada. No deja de ser irónico, pues ningún otro de la familia ha respirado tan cerca el soplo de la desgracia. El año pasado, después de pensarlo mucho, decidió operarse el juanete. No alcanzó a llegar al quirófano, pues a los camilleros se les cayó por el hueco de la escalera. Entonces debieron operarlo de urgencia, pues es había partido el brazo y ya le asomaba el hueso. En mitad de la cirugía tuvo un paro cardíaco y hubo que abrirle el pecho. Luego estuvo seis meses en terapia psicológica. Al juanete nunca se lo tocaron.

Cuando se agota la hora del sufrimiento, la reunión cambia de rumbo. Ahora es el turno de las leyendas urbanas, esas cosas descojonantes que le ocurren a la gente ignota, amigos de alguien o algo así, que luego todos repiten como si fuera la verdad revelada.

Son la pasión de Fernanda, que espera agazapada. Si mi tío la emprende con su juanete, ella dirá que no es nada comparado con lo de Martha, una dentista tetona que vive por Caballito.

Parece que una mañana, Martha llegó a su casa con las hormonas en alza, hirviendo en ganas de revolcarse con el amor de su vida. Ni bien tocó el picaporte, ya estaba llamando al Negro. Se lo encontró en la cocina, debajo de la pileta, arreglando una gotera histórica. La imagen de su marido arrodillado en el piso, luchando con una llave francesa, la derritió de lujuria. El Negro es un animal de gimnasio, que de short y camiseta está para chuparse los dedos.

De modo que Martha, sin contenerse, hundió sus dedos habilidosos entre los muslos transpirados del Negro, al tiempo que resollaba: “¿De quién son estos huevitos?” Entonces el desgraciado pegó tal cabezazo que se desnucó contra la mesada.

Para qué contar el resto, si el episodio figura en ochenta sitios de Internet, junto con la historia del lazarillo asesino, un perro que eliminaba a sus dueños haciéndolos cruzar la autopista cuando venía el Expreso Cañuelas. Le hacemos notar a Fernanda que es una historia gastada, pero ella resiste a pie firme.

Ustedes podrán decir lo que quieran, dice Fernanda, pero Martha fue la primera; en todo caso, la leyenda empezó con ella. Pero bueno, el desnucado no fue su marido sino el plomero, que murió descerebrado en aquella cocina siniestra.

Lo lindo de estas historias es que, comparadas con ellas, no hay sufrimiento que alcance. Mi tía, de cualquier modo, siempre nos pide lo mismo: que ya lleguemos llorados a comer sus empanadas.









EDUARDO BELGRANO RAWSON

Nacido en San Luis de la Punta de los Venados, provincia de San Luis, en 1943.
Narrador, periodista y guionista de historieta. Publicó No se turbe vuestro corazón (1974) y El náufrago de las estrellas (1979), Fuegia (1991), por la que recibió el Premio de la Critica; Noticias secretas de América (1998); Setembrada (2001) y Rosa de Miami (2005). En 1994 obtuvo el premio Konex en el rubro novela. En 2006 editó un libro de cuentos: El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.