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viernes, 11 de noviembre de 2011

La ópera maldita -Gabriel Falconi



La orden de seguir vino de arriba, aunque nadie pudo fehacientemente comprobarlo. Solíamos estar preparados para resistir largas horas sin parar de tocar, pero esa noche algo fuera de lo común estaba sucediendo delante de nuestras propias narices; o mejor dicho, de nuestros propios oídos.
La ópera constaba de cuatro actos y duraba aproximadamente cinco horas, lo que era ya de por si, una representación larga. Sucedió que, de pronto, el tercer acto no terminaba nunca. No era nuevo en nuestra profesión que a veces esas cosas sucedan, debido generalmente a los “tempi” excesivamente lentos que los cantantes se tomaban para sus arias, o a la pesada mano de algún vetusto director, pero esa noche el tercer acto se había alargado más de la cuenta; estábamos exhaustos, necesitábamos parar para tomar aunque sea un poco de agua. Tocábamos y tocábamos y sin embargo en nuestros atriles todavía nos sobraban páginas para ejecutar. 
Apelamos al sentido común y resolvimos mandar a alguien a averiguar qué era lo que estaba sucediendo, quién nos estaba tomando por estúpidos, porqué nos cambiaron la música sin consultarnos. Uno de los violinistas, elegido al azar, el que estaba más cerca de la puerta de salida de nuestro foso, fue el encargado de hablar con las autoridades. Pero ni bien dejó de tocar y abandonó su lugar de trabajo, cayó muerto al lado de su atril. Esto provocó tal alboroto que lo mismo les sucedió a los que quisieron ayudarlo. La conclusión fue unánime. El que dejaba de tocar fallecía al instante por causas que nos eran desconocidas hasta ese momento. Sin quererlo, habíamos caído en una gigantesca trampa mortal. Los que dejaban de trabajar se morían instantáneamente y los que seguíamos tocando nos esperaba un futuro de hambre y sed. ¿Quién había ideado semejante acto de barbaridad?
Las horas seguían pasando, ya no quedaba nadie en el teatro, ya no sabíamos porqué ni para quién cumplíamos con nuestra pesada labor. Las consecuencias no tardaron en llegar. La sed se tornó insoportable, los más viejos caían como moscas, los más jóvenes resistían como podían. Faltaba el aire, el calor transpiraba por las paredes como si tuviesen fiebre. La consigna era aguantar hasta encontrar una solución al misterioso conflicto cuyo origen desconocíamos por completo. Lo primero era saber porqué los músicos se morían al abandonar su atril. Si lográbamos solucionar este escollo, quizás una luz se vería al final del túnel. 
La solución la dio alguien de los bronces al descubrir sobre el smoking de un compañero que yacía en el piso, un diminuto dardo clavado en su solapa. Uno o varios francotiradores estaban apostados en la platea, pero la oscuridad les otorgaba un manto de impunidad. Usamos nuestros atriles como escudos y los que pudimos logramos escapar, pero cuando salimos del foso descubrimos que el teatro se había derrumbado; la puerta de nuestro querido foso estaba taponada de escombros. La única solución era salir por la platea y enfrentar a los francotiradores. Armamos un túnel con los estuches más grandes, logramos atajar los dardos y fuimos lentamente pasando a la platea.
Cuando el último de los músicos sobrevivientes logró escapar del foso, el director dio por concluido el tercer acto; así lo estipulaba la partitura. Nosotros, ahora, estábamos sometidos al influjo de su insólito poder. Nuestro destino estaba ligado al autor de esta partitura a tal punto que ya no distinguíamos una cosa de la otra. Una maldición se había desatado sobre nuestros hombros. ¿Quién había escrito esta opera maldita?
Los que aún quedaban en la platea (quizás eran los francotiradores) aplaudían a rabiar y elogiaban la originalidad de la puesta en escena. “No se vayan muy lejos que todavía falta un acto” nos dijo el maestro. Miré la partitura y fue como ver el futuro incierto que nos esperaba.
Era inútil escapar del cuarto acto, el más largo de todos, el que transcurría con el teatro vacío. Todavía lo seguimos ejecutando.

Gabriel Falconi
Músico y escritor nacido en el Uruguay y radicado en la Argentina. Ganó el premio especial de narrativa breve de la Fundación La Faceta de Salamanca, España, en el 2005.

La astilla -Christian Nutz de la Calle



Angelo era uno de los asesinos más célebres en los círculos del Hampa y digo sólo célebre y no conocido porque muy pocos lo habían visto alguna vez. Únicamente los peces más gordos tenían que ver con él y no a menudo cuando se trataba de arreglar un asunto de manera drástica. Eso sí, se rumoreaba que sus ojos tenían el color del plomo y que atenazaba a la víctimas con el hielo de su mirada antes de matarlas.

Había nacido en una aldea cerca de Gela, en el sur de Sicilia. De hijos campesinos, su familia no había conocido otra cosa que no fuera hambre y miseria. Un buen día, el "Patrone" de la zona, el signore Aquino, ordenó asesinar al padre de Ángelo. Tuvo que morir para dar un escarmiento a los demás campesinos, para que no se les ocurriese ser tan quisquillosos como el padre a la hora de pagar el arriendo de las tierras. La venganza no se hizo esperar. El cacique solía ir los sábados a la barbería donde Tomasso, el primo de Ángelo, trabajaba como aprendiz. Ángelo lo esperó escondido en la parte trasera del local. Cuando el patrón se sentó en la silla y cerró los ojos, dejándose afeitar, Tomasso lo sujetó mientras Ángelo le cortaba el cuello de oreja a oreja. Luego, ambos escaparon. A los pocos días del asesinato, gracias a las pesquisas de los Carabinieri, sorprendieron al primo en su escondrijo en las montañas. A los hombres del difunto “Patrone” no les importó la presencia de los agentes del orden que hacían como si la cosa no fuera con ellos. Rociaron con gasolina al pobre Tomasso y después de dejarle lloriquear un buen rato, le prendieron fuego. Ángelo tuvo mejor suerte, consiguió llegar hasta Palermo. Una vez allí, consiguió enrolarse como pinche de cocina en un buque mercante que zarpaba hacia los Estados Unidos.

En América empezó con buen pie. Se alistó en un principio como simple"soldado" en las filas de la Mafia. Gracias a su sangre fría y a la lealtad que demostraba se ganó la confianza de los jefes. Con el tiempo se hizo indispensable y su reputación se alzó por las nubes. Hecho que le permitió independizarse más adelante y trabajar en solitario. Los que en un pasado lo habían conocido murieron o desaparecieron cuando no sabían guardar un secreto.
Ángelo había comenzado su aprendizaje como asesino donde los otros lo concluían, con el arma blanca. Matar a distancia con el fusil provisto de mira telescópica o poner una bomba requería talento, precisión, pero meterle cuatro puñaladas a alguien a sangre fría exigía agallas aparte de experiencia. Ángelo llegaba a identificarse con sus víctimas, saboreaba incluso su pánico. Este y no otro era el verdadero secreto de su maestría como asesino. Sin embargo lo más difícil de su profesión venía después, cuando había que deshacerse del cadáver, descuartizarlo o disolverlo en ácido sulfúrico, según requiriera la ocasión; había que tener coraje, sobre todo si se trataba de algún conocido que había caído en desgracia. Para Ángelo, su trabajo era más que un pasatiempo, mucho más que una labor realizada con esmero y precisión.
Lo que nadie sabía es que existía una fisura, una grieta en su naturaleza de granito. Ángelo tenía un hijo, un muchacho de quince años. Hacía de eso más de diez años, cuando el padre del muchacho, un abogado que husmeaba demasiado, se puso a malas con la Mafia y decidieron quitarlo de en medio, a él y a su familia. Ángelo aún desconocía el motivo, no pudo matar al pequeño. Había algo en el pequeño que le recordaba si mismo. Comenzó a hacer planes. Deseó que su hijo fuera algún día ingeniero, o médico, o incluso juez, porqué no. Ángelo invistió toda su energía en el pequeño.

Esto piensa Ángelo mientras limpia una de sus armas referidas, una Browning, sentado en un taburete junto a la ventana de la cocina. Su hijo a su lado contempla absorto el arma. Las calles están vacías, es domingo. El sol lanza destellos sobre la avenida. Muchos han partido de vacaciones y el cielo sonríe con tanta luz. 
El chico hace un ademán, le pide el revolver al padre. Al principio Ángelo vacila, pero luego sus labios se ensanchan en lo que podría ser una sonrisa y le ofrece el arma. El muchacho hace como si disparase contra blancos imaginarios imitando el estruendo de las balas con la boca. Dos arrugas en la frente del padre se oponen a la conducta del hijo. Quiere quitarle el revolver. El muchacho se aparta y lo apunta con el arma. Su rostro se oscurece. Adopta una expresión hasta entonces desconocida. Ángelo descubre por fin la afinidad que tanto los une y que en ese mismo instante se exterioriza en los ojos del muchacho a través de esa mirada acuosa de azul incienso, gélida como el plomo; la misma expresión con la que Ángelo se suele despedirse de sus víctimas. Angelo siente miedo por primera vez, pero ya era tarde. Escucha el disparo, antes de que su cabeza vaya a estamparse contra la pared y el proyectil le destroce el cráneo.

Su hijo nunca será ingeniero, o médico, ni mucho menos llegará a ser juez. Se convertirá en un asesino mucho mejor que su padre. Jamás cometerá la estupidez de adoptar a un hijo, a una astilla que le revuelva los escrúpulos.


Christian Eduardo Nutz de la Calle
Ante todo agradezco la gentileza de aquellos que se hayan tomado la molestia de leerme. Permítanme presentarme y escribir un par de líneas sobre mi persona. Nací en Barcelona, en marzo de 1963, hijo de madre española y padre alemán. Resido en este país desde hace más de veinte años. Sin embargo, es el castellano, mi lengua materna, en la que siempre he podido expresar mejor todas mis inquietudes.
Desde que tengo uso de razón me han fascinado los libros. Me encantaba imaginar y crear historias sobre las obras que desde la infancia devoraba, hasta que un día descubrí que la fantasía de los otros ya no me bastaba. Así pues, una vez superados mis primeros temores, me puse a escribir decidido a darle vida a mis propias quimeras que no eran pocas. Comencé escribiendo poesías, pasión que ya sentí en la adolescencia y que aún suelo practicar en mis ratos libres. Más tarde me atreví a escribir cuentos y relatos breves, entretenimiento que a la larga podríamos decir, se ha convertido en el núcleo principal de mi estilo.
Actualmente me dedico a la realización de una novela fantástica libro de cuentos. Mi género abarca un amplio espectro, aunque sin duda se me podría catalogar dentro de la ficción. Mi temática oscila entre la literatura fantástica y la novela de carácter existencialista.
 
¿Qué podría decirles más de mi? Pues sencillamente que me lean y luego juzguen, además no es mi intención aburrirles con tanta charla.
 

Un cordial saludo
 
Christian Eduardo Nutz de la Calle, Munich
 

Obras: "Cuentos de Luz y sombra en el Edén", cuentos y ficciones
"El desván de las quimeras", Narraciones y cuentos cortos
"Poemas de limbo", poemario

La muerte del agua -Enrique Anderson Imbert



El calor había venido rodando por los caminos de polvo y de sol y ya estaba junto a los hombres, dominando la siesta. Al menor ademán tropezábamos con su pulpa, pues él estaba echado largo a largo y en todas partes. (¡Esa impudicia de sus carnes fofas!) De poder lo habríamos asesinado con veinte mil puñales de hielo para que luego las nubes llevaran su cadáver por los aires y lo tirasen al mar. Pero no podíamos. Lo mejor era esperar a que descansase y se fuera en paz.
Eso hacía yo, aguantándome en un rincón del patio y tan quieto como las tinas y los helechos. Sólo yo estaba allí, y el patio existía porque yo lo miraba. Los demás huéspedes habían huido a sus celdas o al vestíbulo umbroso, olvidados de esta parte del hotel a la que i atención impedía deshacerse en la nada. El patio dorado y humeante como una fragua, me agradecía que no lo ignorase.
Tupidas enredaderas gateaban por las paredes y se detenían en deleitosas cuencas de frescura. Las macetas –coloradas- eran lámparas que borbotaban continuamente hojas y hojas de luz verde oscura. Pero esas sombras vegetales no alcanzaban a ensombrecer la radiante reverberación del sol.
Todo el paisaje en llamas se hizo más vivo –como si alguien lo hubiera soplado- cuando apareció por el otro extremo el mozo del hotel. El patio se encendió aún más bajo el reflector de los nuevos ojos: ¡muros y mosaicos vivían no solamente en mi conciencia, sino en la de otro hombre; eran, pues, verosímiles, no espectros de ensueño!
El mozo venía con las piernas desnudas y derritiéndose en sudor. Sus pies corrían una carrerita sobre invisibles ascuas y todo su cuerpo se le agobiaba por el peso de un balde repleto de agua. Yo, que había estado pensando en risas de surtidores, glicinas violáceas, húmedos hocicos de galgos, legiones de ángeles con sus alas en abanico, espejos, lluvias y cuanto refresca la mente, acogí la presencia del agua con la ansiosa inmovilidad de la raíz.
Entretanto el mozo se acercaba trayendo el agua desnuda, limpia, encogida en el balde como una doncella en su lecho apacible. Cuando llegó a las tinas el mozo hundió su vista de bestia cansada en la ternura del agua, que debía de estar soñando en el cielo azul y antes de que yo pudiera evitarlo levantó el balde y la arrojó con fuerza contra la pared. Una blanda estela de luz, torneada y móvil, intentó en el aire su milagro de hada. Pero se estrelló contra la dureza. El agua gritó de dolor y quedó atontada, con sus huesos molidos. Luego, como un pez fuera de la piscina, se removió agónicamente y fue aquietándose, dando saltitos cada vez más pequeños, hasta aflojarse en un estertor último. Quedó inerte, cubierta de colillas, de terrones, de basuras salidas abyectamente de los rincones y de las rendijas del patio. Y se deslizó flotante, como un cocodrilo muerto que sobrenada a la deriva llevando sobre sí la escoria del río.

 Enrique Anderson Imbert

(Córdoba-Argentina, 1910-2000)
Filósofo, docente, historiador, escritor, ensayista, crítico. Viviendo en La Plata, a los dieciséis años comenzó a publicar ensayos y cuentos en los periódicos de esa ciudad. Unos años después, en la ciudad de Buenos Aires publicó en La Nación, Sur, etc.
Dio cátedra en la Universidad Nacional de Cuyo y luego en la Universidad Nacional de Tucumán. En 1931 era editor de la sección literaria del legendario y socialista periódico platense “La Vanguardia”. Destituido de su cátedra en Tucumán por gobierno de Juan Domingo Perón, se fue a Estados Unidos becado por la Universidad de Columbia.
Se graduó de Profesor en Letras en 1940 y obtuvo el doctorado en 1945.
Enseñó en las universidades de Michigan, Princeton, Duke y Harvard. En Harvard se creó para él la cátedra y Literatura Hispanoamericana.
Es miembro de la Academia Argentina de Letras, de la Real Academia Española, la Sociedad Americana de Artes y Ciencias, la Academia Norteamericana de la Lengua, la Academia Chilena de la Lengua, la Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico.
Entre otros títulos honoríficos ha recibido el de Doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Artium Magistrum de Harvard University, Profesor Honorífico de la Universidad Henríquez Ureña de Santo Domingo, Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Tucumán.
Sus cuentos mixturan de forma magistral lo fantástico y el realismo mágico.
Algunas de sus obras de narrativa podemos encontrar: Vigilia (novela), El mentir de las estrellas (cuentos), El gato de Cheshire (cuentos), El grimorio (cuentos), Las pruebas del caos (cuentos), El anillo de Mozart (cuentos).

martes, 8 de febrero de 2011

En los ojos del hijo

Lo arropó como todas las noches. Besó su frente, le susurró un lánguido “duerme bien” al oído y bajó las escaleras en puntas de pie.
Se sentó en el sillón más cómodo del living y mecánicamente encendió el televisor. Con el control remoto en la mano, pasaba uno a uno los canales. Se detuvo sin pensarlo en un documental que mostraba como, en algún lugar del mundo, un horrible escarabajo negro construía su casa con estiércol.
No recordaba el momento exacto en que había notado aquél brillo. Era un pequeño destello en los pequeños ojos, un resplandor imperceptible para cualquier persona que no fuera ella. Porque ella era madre, y las madres saben.
Se pasó la mano por la frente y descubrió que, a pesar del frío, estaba sudando. Era un sudor localizado sólo en la frente, el resto de su cuerpo estaba helado.
Las diez de la noche y sola. Hacía meses que su hombre no llegaba a casa sino hasta las dos. Escuchaba las agujas del reloj moverse por encima del bajísimo volumen que le había dado al televisor, y sentía que los segundos tardaban mucho más de lo debido en formar minutos. Su percepción del tiempo se veía alterada por la soledad, y por el miedo.
Se recostó transversalmente en el sillón, con la cabeza sobre uno de los apoyabrazos y las piernas colgando del otro. Los zapatos cayeron sobre el piso de madera, haciendo un ruido demasiado fuerte. Agudizó sus oídos con el corazón latiéndole en la garganta: no, no se había despertado. La sola idea de escuchar el llanto la llenaba de angustia. Nunca sabía cuando se iba a presentar el brillo.
Cuando se presentaba los ojos de su hijo eran otros. El espejo se empañaba y ella ya no lograba verse.
Ahora la pantalla mostraba una especie de langosta que, para camuflarse, tomaba la apariencia de una hoja verde. Había que esforzarse para distinguirla entre el follaje. Quién sabe cuántas langostas escondidas habría en su propio jardín, allí, invisibles entre las hojas del rosal cuando florecía en primavera.
Primavera. Qué lejana parecía ahora la idea de la primavera, en medio del frío, de la incertidumbre, del brillo en los ojos.
Había dudado al principio. Se había obligado a pensar que era sólo algún tipo de alucinación, un juego perverso de su mente, una artimaña más de su psiquis para bloquearle el camino hacia la felicidad que por fin había alcanzado. Pero con el pasar de los meses ya no pudo negarlo. Realmente había algo en esos ojos.
Cuando la miraban se le congelaba el alma.
Al escuchar el llanto ella corría hacia la cuna y él, al verla, dejaba inmediatamente de llorar y le clavaba los ojos encima, callado y sereno, consciente del temor que provocaba. Entonces ella respondía a las necesidades de su hijo, lo aseaba, lo alimentaba, pronunciaba las palabras de rigor y hasta fingía una caricia. Algunas veces, mientras dormía, se asomaba a contemplar su belleza: el fino cabello rojizo que apenas cubría la pequeña cabeza, las manitos regordetas y las mejillas rosadas. Sería hermoso, si sólo tuviese los ojos cerrados. Siempre.
Trabajosamente se incorporó y caminó, descalza como estaba, hasta el ventanal enorme que comunicaba la cocina con el patio trasero. El viento mecía las ramas secas, acariciándolas con la suavidad de un ángel.
Ella apoyó su frente ardiendo contra el vidrio. Sintió el frío reconfortante. Lloró.
Si tan sólo hubiera sabido.
Pero no, no podía saberlo. Entonces todo en su vida era dicha, sentía crecer día a día esa criatura en su interior, descubriendo cada cambio, imaginando la textura de su piel, la forma de sus manos. Cuando lo sentía moverse dentro de su vientre, ella se quedaba tan quieta, conteniendo la respiración, saboreando la sensación única de estar gestando vida. Y se sabía importante, el sol en el universo del ser que llevaba dentro, manantial de sustento y calor, células creciendo alimentadas por sus células.
Luego ese dolor intenso del que emergió, azul y ensangrentado, su primer hijo.
Recordaba todo con la exactitud de la obsesión: fechas, horas, minutos. Sin embargo, por más que se esforzase, no lograba recordar la primera vez que había notado el brillo.
Afuera la luna reflejaba un blanco obsceno. Las sombras otorgaban a los objetos familiares un aire fantasmagórico.
Cerró las cortinas, ya no quería ver.
Caminaba pesadamente, atenta a no resbalar con sus medias de seda sobre el piso encerado.
Sirvió café en la taza más grande que tenía. La noche sería larga, debía estar preparada.
Muy despacio volvió a ocupar su lugar en el sillón del living. En el televisor, un hombre luchaba mano a mano con un cocodrilo. Ella sonrió al verlo, le parecía imposible que el tipo ganara la batalla: el animal lo doblaba en tamaño y en peso. Quién sabe que se propondría al iniciar ese duelo. Quién sabe cual de los dos luchadores tendría más que perder.
Desde el reloj de la pared le llegaron unos acordes apagados. Las once. Sólo una hora había pasado, sesenta minutos, y para ella había sido la mismísima eternidad.
Acercó la taza de café a sus labios y sintió el calor del líquido dentro de la boca. El sabor amargo le hizo fruncir el seño. Le gustaba así el café: negro, sin azúcar. Pensó en agregarle un par de gotas de Brandy pero no, esa noche no estaba de humor para el alcohol.
Bebió un sorbo, y otro, y otro. No quería dejar que se enfriara. Necesitaba levantar la temperatura y atiborrarse de cafeína el organismo.
No le hubiera venido mal algo de nicotina, pero su marido era un acérrimo perseguidor de fumadores, y la había obligado a dejar el infernal vicio como condición indispensable para concretar el matrimonio. Ella no lo había extrañado, hasta esa noche.
Se sentía cansada, demasiado cansada. La frente le ardía y las manos eran bloques de hielo. Buscando calor se sentó sobre ellas. Comenzó a balancearse, atrás y adelante, atrás y adelante, cada vez más rápido. El corazón le latía fuertemente y la respiración se había vuelto agitada. De pronto se detuvo, sintiéndose algo así como idiota.
Debía dormir. Los huesos le dolían, sus pies hinchados casi no podían sostener su peso.
Se obligó a beber hasta la última gota de café. Cuando lo logró, el estómago le dio un vuelco. Debió hacer uso de toda su voluntad para no vomitar.
Escuchó el llanto lejano, como si viniera de otro mundo. Temblando subió la escalera.
Entró al cuarto y el niño se calló. La miraba con esa mirada inquietante, aterradora. Ella se acercó a la cuna y lo tomó en sus brazos.
Allí estaba el brillo. Verdadero, innegable.
Siguió meciéndolo, cantando una dulce canción de cuna. Cómo deseaba despertar de aquella pesadilla!
El hijo seguía mirándola, con la miel de sus pupilas transformada en negro. Un rictus se dibujó en la pequeña boca, intentando improvisar una sonrisa. Pero no lo era.
Ella, ésta vez, no dejó que el terror le hiciera girar la cabeza. Clavó sus ojos en los de él, desafiante.
En ese momento ya no tuvo dudas de lo que se reflejaba en los ojos del hijo.
El niño comenzó a dormirse, los músculos se relajaron en los brazos de su madre que continuaba cantando con lágrimas corriéndole en cascadas por las mejillas.
Ella lo dejó en su cuna, lo arropó y muy despacio le besó el cabello. Viéndolo así, el corazón se le estrujó dentro del pecho.
Sería hermoso, si sólo tuviese los ojos cerrados. Siempre.
Bajó las escaleras y con la respiración entrecortada caminó hasta la cocina. Le temblaban las manos al abrir el primer cajón de la derecha. Revisó frenéticamente su contenido, hasta que dio con lo que buscaba.
Hubiera dado su vida entera por no tener que hacer lo que haría.
Pero debía hacerlo.
Porque ella era madre. Y las madres saben.
En puntas de pie subió las escaleras, sujetando el pomo de pegamento con tal fuerza, que uno de sus extremos se le clavó en la carne.







María Claudia Capelli –Argentina, 1968-
“Soy profesora de lengua italiana aunque suene a vieja de rodete. Escribo desde que sé escribir y soy muy pero muy feliz haciéndolo”.

martes, 11 de enero de 2011

Parricidio

Fue cuando mi padre, el señor Primpirimpum, se transformó en botella, cuando vi claro la esencia de la cuestión. Me levanté del asiento: el cuarto en penumbra estaba lleno de magia, volutas de humos de raros ornamentaban el aire, los magos, en cuclillas, se balanceaban. Todo estaba repleto de sentencias, y era imperioso saber sobre esos ríos de cauce somnoliento, encender cien velas de fuego y de delirio e iluminar esas últimas cruzadas. Saber, en fin, saber sobre las intrincadas flechas direccionales, cual pudo ser aquel mejor sendero que no pisé, que no pisamos, para reivindicar las tantas cosas que hoy son muertas: el tic-tac del viejo reloj a péndulo que sin embargo no fue ritmo que cambiara las esencias.
“Funerales de muerte” –le escribí mentalmente en una carta de fecha veintidós del quinto mes del año- “me entrecierran los ojos al igual que otras viejas historias. Hay que invertir los contenidos de las letras, y trastocar urgente los significados; hay que demoler la educación tan criteriosa que fabricaron esos lindos diccionarios”. Era una carta larga, alocada, cuyo sentido podía ser cualquiera, aquel que uno le atribuyera dependiendo del cuándo y de dónde se leyera.
El señor Pimpirimpum, se transformó en botella, dije, un sábado a las cuatro de la tarde. Lo vimos todos, en aquel cuarto ido, desplegarse en reflejos, reducirse. El había afirmado con fervor, con conciencia, poder reinvertir su proceso, tomando no más de dos gotas de aquel líquido verde y perfumado. Lo vimos todos, en aquel cuarto ido, enmudecer la consigna de lo humano, desaparecer, transformarse, junto al recipiente verde, que su nuevo nacimiento había engendrado.
Señores, lo repito, fue ese día cuando se me acallaron las preguntas, cuando no hice más que levantarme y contemplar el cuarto lleno de volutas retorcidas, dispares, apareciendo y desapareciendo a intervalos.
Más tarde, pensé en escribirle aquella carta; me pareció importante, imprescindible que supiera el por qué de la acción ingrata, que, según dicen todos, realicé. Por tanto, me concentré especialmente, tratando de acercarme a esos ríos siempre constantes de la vida, intentando desdoblarme y quedarme desnudo, como al final o tal vez, al principio. “Perdóname”, comencé, buscando las palabras, “si considero que es irreversible toda transformación que ocurra cuando estamos. Tal como el crudo, inviolable nacimiento no puede postergarse, tampoco puede devolverse el cambio portentoso, inmerecido de la forma, el tamaño, la materia.” “Perdóname, pero hay que hacer cruces sobre los mapas y dejar de conocer la geografía, porque si se logra estar allí, que nos importa la locación exacta”. “Siempre creí que era indecente apropiarse de una fantasía ajena, crearse fines, resultados, que nos siguen siendo extraños”. “Tú dirás –y estoy seguro que tu nueva forma cristalina te ayudará a ver mejor las cosas- que fui apresurado, que añora sus miembros, el breve corazón latiendo, pero lo importante es que conservas la esencia, el diminuto, imposible atributo de la esencia.”
“Tú dirás, diremos todos, que sólo el pensamiento, la grande, imbatible Razón nos salvará. En este oscuro cuarto, nada queda, nada más que la inquisición siempre incompleta, el fruto desgajado de tantas religiones. No queda otra cosa en este cuarto que nuestro propio sudor desenfrenado, la bomba de hidrógeno, tal vez y nuevamente, el sistema planetario. Ya no puede importarnos el pasado, haber añorado las adoradas obras de otros pueblos y otros hombres, haber clasificado con orden y decoro, los datos de tantas destrucciones. Ya no puede importarnos descubrir hoy o mañana que algo nos otorgará más aliento –una pastilla que se yo, o un teletrasmisor de ondas- pues por más que los años se alarguen, el miedo es uno y dura todo el tiempo”.
“¿Qué más puedo decirte en esta carta? Te quise siempre: eras mi padre. Pero hoy que no tengo cementerio donde ir a llorar sobre tus huesos, esa botella en la que quedarás plasmado significa mi primera libertad biológica. Tal vez ahora, pueda dejar de comer todos los días, dejarme morir a voluntad o hacer el amor sin otra responsabilidad que el dar a luz hombres separados de los hombres, exquisitamente limpios, redimidos”.
Después de lo cual –todos los que allí estaban coinciden en afirmar- me levanté del asiento y me dirigí hasta el recipiente que guardaba la flamante, cristalina botella, que ese líquido podría convertir en persona, y haría estallar con la forma del Señor Pirimpimpum. Pero entonces, con ademán preciso, arrojé el recipiento contra el suelo, y el líquido se expandió en un charco verde, tintineante, que fue absorbido, poco a poco, por las fisuras, entre las viejas baldosas.












Teresa Porzecanski -1945
Escritora uruguaya, crítica cultural y profesora de antropología de la Facultad de Ciencias Sociales de Montevideo. Ha publicado ensayos, poesía, colecciones de cuentos y novelas.

martes, 13 de abril de 2010

Allá -Horacio Fontova

No sé si todo era más tranquilo, pero era más claro, grande y luminoso. Era la sorpresa de ver, oler, palpar y oír todo por primera vez. El recuerdo de la hermosa voz de mi madre cuando me acunaba extasiándome con su olor inolvidable, cuando jugar con mi trompo superaba cualquier intento de comprender la espiral del universo, más fácil y divertido que la meditación o el arduo yoga, cuando los Reyes Magos realmente existían, cuando me esperaban tantos cumpleaños, cuando jugar con mis soldaditos de juguete no tenía olor a sangre humana, cuando los grandes eran verdaderos colosos vistos desde abajo, cuando el viento, los truenos y el cielo estrellado hasta tenían sabores y olores súbitos y las nubes eran de algodón; cuando todo, cualquier cosa, se podía dibujar sin haber cursado la escuela de bellas artes, cuando obras sanitarias era un edificio lleno de agua, cuando no sabía que mi canario Petronio estaba preso, cuando llorar no daba vergüenza y reír era tan fácil, cuando mi mejor proyecto era esperar el día de poder afeitarme como mi padre, cuando la plaza Lavalle era el paraíso, cuando mis amigos empezaron a ser sagrados, cuando la magia era mi madre cocinando, cuando todo era esperar lo mejor, cuando todavía no me imaginaba nada de todo esto.










Horacio Fontova: (Buenos Aires, 13/10/1946)

Músico, actor, compositor, dibujante, escritor.

lunes, 11 de enero de 2010

Propiedades de las sombras -Harryhaller-

Cuando la dirección del viento y la posición del sol coinciden de una forma que me está vedado revelar, las ramas del árbol de las sombras emiten un sonido similar al del océano. Es en ese momento en que ellas se desprenden de sus tallos y cubren el suelo con su manto oscuro.

El efecto solo dura unos instantes (el peso de una sombra es increíblemente leve), luego se levantan por el aire y caen en lugares muy diversos, se posan sobre los ojos de las viudas, se refugian bajo los parasoles de los veraneantes, o maquillan el pelaje de un leopardo.

Sobre la copa de uno de ellos anida una paloma cuya sombra nunca aprendió a volar, y permanece en la rama hasta que su dueña regresa.

Existe también en el oriente, un zoológico de ellas. En ese lugar los cisnes producen contra la pared, la figura de un humano ejerciendo movimientos con las manos y los brazos.

Los árboles caídos también la poseen, generalmente debajo de ellos. Yo sé de un Ombú derribado, en el medio de las pampas, cuya sombra aun se mantiene erguida, cobijando al peregrino en las tardes de calor y protegiendo de las lluvias los días que llueve con sol.

Ellas se comportan como quieren en lo oscuro, y sus formas no respetan el diseño original,la negra silueta de una aguja, es por ejemplo, de noche una mujer hermosa.

Cuando me estoy por dormir, y cuando nadie la ve, puedo percibir la de una mujer, que hace tiempo me olvidó. Llega, me abraza, y me susurra al oído que todavía me quiere.

Se que no es fácil creer lo que les cuento, tal vez estén tentados en pensar que están leyendo solamente la sombra de un texto que alguna vez escribí, o quizás (y es mas probable) un texto escrito por la sombra de un escritor que no existe.




 
 
Harryhaller, seudónimo de Gabriel G. Escritor nacido en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires.

Prometo mentir-Eride-

Azul rayos de sol sombras en el fondo.
Un bulto flota silencio lejos voces respirar angustia burbujas agua que entra por boca por nariz sale por los ojos cerrados pararla detenerla tratar de defenderse a manotazos caer espasmo despertar.

Otra vez el cuerpo sudado en medio de la noche.
Mira la libreta junto a la cama y duda. Ya dejó de escribir sus sueños. Es siempre el mismo sueño, ni siquiera es suyo.
Se levanta a tientas sale a la terraza enciende un cigarrillo. Debería dejar el cigarro, pero la ansiedad no la deja. Desde la terraza sólo ve oscuridad, hace tiempo dejó de encender las luces del jardín.

Acumula suficiente frío en el cuerpo y apaga el cigarrillo. Entra, enciende la luz pequeña junto a la cama. Sabe que ya no podrá dormir. Se acomoda, el calor del portátil sobre las piernas. Responde correos. Escribe consuelos a pedido. Lee cada caso y escoge palabras que reconforten ese dolor puntual. Luego, termina un discurso para la Fundación. Revisa los párrafos moviendo los labios, imaginando el mejor énfasis posible. Es buena con las palabras, siempre lo fue. En el colegio, en la universidad, blandía las frases justas. Era un juego. Ahora también lo es. Pasar el tiempo zurciendo dolores ajenos. Ella sabe. Podría mirar a cualquiera a los ojos y decir que ella entiende.

Amanece, revisa su horario, ducha, vestido, maquillaje frente al tocador. Se mira mientras aplica el delineador. Ya no llora, no necesita repetir la operación tres veces para ocultar huellas de llanto. Lo hace de memoria, ni siquiera toma tiempo para observarse en el espejo. Lleva su mano a la boca, a la frente, cierra los ojos. “Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Mateo duerme.

Entreabre la puerta de la habitación. Siente la respiración constante que delata el sueño. Se dirige a la ventana y la abre para que entre el sol. Su boca sonríe, sus ojos olvidan hacerlo. Da los buenos días en voz alta, dice que afuera está bonito, que saldrán juntos. Lo lleva al baño, el agua de cada día. Luego, lo seca sobre la cama. Mira su piel y piensa cómo era de bebé. Se ve a sí misma, más joven y al pequeño sobre la colcha de elefantes azules. Besa sus pies diminutos, el pequeño ríe, el recuerdo de su risa satura el aire.
Mateo parece distraído. Ella nunca sabe hasta dónde está con ella mientras siguen la rutina diaria. Lo viste. “Es paciente y muestra comprensión”.
El amor. Caricias en el rostro, abrazos, juegos, caminatas, lecturas compartidas, mesas de domingo, miradas cómplices, palabras dulces. Nada. Está cansada por las horas sin dormir. Decide llamar a Sonia para que dé desayuno al niño. Sonia se las arregla muy bien. Al salir acaricia su cabeza.

La cabeza diminuta de Mateo que sobresale de la línea del agua. Los crespos de Mateo, sólo ellos. El rostro de Mateo no se ve. El silencio. Ella no grita, el aire va hacia adentro y las vías colapsan. La boca entreabierta y el silencio. Alguien corre, se lanza al agua, recoge al niño, lo saca. La fiesta sigue su curso en el comedor. Se oyen voces.
Ella desde el balcón mira el juguete que queda flotando a medias en la piscina.

“No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad”.

Años. La película se repite a saltos, a veces ve primero el juguete, a veces ella logra gritar, a veces corre, a veces intuye todo antes de que pase, a veces lo toma en brazos un momento antes de que salga hacia el jardín, a veces no hay fiestas, ni piscinas, a veces se marcha del país cuando aún no hay nada de eso en el horizonte.

Se lo entregaron en los brazos. Dieron múltiples explicaciones. Ella no supo. La mente se rebela: No es, no es él, mi pequeño se ríe cuando me ve me tira sus bracitos. La mirada en ese ser que respira. Mi perro también respira y él se alegra cuando me ve. Ojos que buscan otros ojos. Que habrá allá adentro. Llorar. Por qué lloro, ya no está, se murió, se fue, llévense esto. No pensar. Actuar. Volver a casa. Hacer lo que hay que hacer. “No se deja llevar por la ira y olvida lo malo”.

Un cuerpo que respira no es causal de entierro. Enterrar los sueños.

En el taxi repasa su discurso. Sostiene a Mateo entre los brazos para evitar que se golpee en un descuido. Hablará del amor ”nunca pasará” de los pequeños gestos que nos engrandecen como seres humanos. Será emotivo. Otros treinta, hombres y mujeres, verán en esas frases una esperanza nueva.

Tal vez puedan dormir por una noche.
Ella, la insomne, vive la promesa que hizo para sí.



Éride, seudónimo de Alejandra Troncoso. Escritora chilena; participó de la antología "Al diablo adentro".

viernes, 11 de diciembre de 2009

Ser esdújulo -Francisco javier Arqueros-

Siempre me gustaron los acentos. Ellos son únicos, contundentes. Establecen límites o, mejor dicho, ponen las cosas en su justa medida. Los acentos son al lenguaje lo que las especias y hierbas aromáticas al milenario arte de la gastronomía. Dan el toque, la nota justa.
Pero ellos, los acentos, no siempre se explicitan; a veces les gusta jugar de agentes encubiertos, por joder nomás. Es por eso que nuestra lengua, la mejor del mundo por lejos, se permite el lujo de tener acentos fonéticos y ortográficos. Allí están entonces las tildes, denominación que siempre me ha parecido débil, insegura y sobre todo equívoca.
Buscando en el sacrosanto diccionario encuentro que ellas son una “virgulilla o rasgo que se pone sobre algunas abreviaturas, el que tiene la ñ y cualquier otro signo que se use para distinguir una letra de otra o indicar su acentuación.” Hasta aquí las cosas, a mi ver, no están muy claras. Pero esto no queda allí. El sacrosanto se despide con “tacha, nota denigrativa… cosa mínima.” No lo soporto. ¿Cómo es que un portentoso acento terminaría siendo, en una interpretación equívoca, algo mínimo, si resulta que El, el gran acento, le pone sal a la lengua? Además ¿qué es esto de virgulilla? Suena mal. Porque una virgulilla resulta ser “cualquier -cualquier, o sea que da lo mismo- signo ortográfico de figura de coma, rasguillo o trazo, como el apóstrofo, la cedilla, la tilde de la ñ y la raya que se pone sobre las abreviaturas -o lo que es peor- cualquier rayita o línea corta y muy delgada.” ¿Qué esto de cualquier rayita? Un claro ninguneo a su majestad el acento.
La labilidad de los tiempos y los mismos hechos nos han hecho saber que las tildes pueden ser (y son) groseramente olvidadas y tales olvidos finalmente son aceptados por la fuerza numérica, expansiva, de la simplificación progresiva del lenguaje que, nos guste o no, implica la reducción de las ideas. Las ideas, se desarrollan a partir del leguaje. Una simbiosis maravillosamente necesaria que debería ser prufundizada insistentemente. Es que no se pueden desarrollar las ideas (el pensamiento) si no contamos con las palabras y, ellas, deben ser esencialmente correctas, justas y precisas. Si no ocurre así, las ideas se van a... ya saben dónde.
Las palabras, como las ideas, pueden ser agudas, graves o esdrújulas. También pueden ser simplemente palabras, sin la necesidad de caracterización alguna, son las que nada dicen, las de los discursos vacíos. Lo que no es aceptable es que las palabras, esencia de las ideas terminen en manos de la virgulillación, a dos pesos por rayita corta y muy delgada. Acentos, señores y señoras, acentos. Definición y claridad. Que ya está bien de virgulillas. Acento, espacio en el que se produce la mayor intensidad de voz con que se pronuncia el núcleo vocálico de la sílaba de una palabra.
Y, si de acentos hablamos, tildados o no, nos encontramos con tres categorías, una de ellas con su “up grade”. Las palabras acentuadas son agudas (u oxítonas), llanas o graves (o paroxítonas) y esdrújulas (o proparoxítonas) y con lo que he llamado un “up grade” las sobreesdrújulas, que serían algo así como una orgía de la acentuación. Por suerte son escasas, en defensa de la moral y las buenas costumbres, digo. Porque hay que ser proparoxítono y ni te cuento si se termina siendo ultra proparoxítono… No habría cuaderno ni palotes que aguanten.
Las palabras agudas me parecen concretas, definitorias, incisivas y a veces, dolorosas. Revés, vivió, jabalí, perdió, patán, jardín, robó, cumplió, virrey, Uruguay…
Las llanas o graves son, precisamente, graves. Por ahí resultan algo más serias. Carácter, pómez, fórceps, fácil… En general no me motivan, aunque tienen lo suyo. Son serias.
Y las esdrújulas (ni hablar de las sobreesdrújulas) son excitantes, contundentes a más no poder y, además, siempre llevan su virgulilla, para mí -un arcaico- el acento explícito. Carámbano, forúnculo, régimen, límite, anárquico, ignífugo, pedúnculo, cúmulo, fascículo, ridículo, retícula, módulo, adminículo…
Luego tenemos las palabras átonas (definición esdrújula, por cierto), que –supongo- ponen las cosas en equilibrio o terminan desfigurando el discurso, a fuerza de hablar de nada. Como culo, curiosa terminación de muchas palabras esdrújulas. ¿Será que nuestras posaderas son, además de soñadas y ansiadas en más de una oportunidad, el equilibrio o en todo caso, el bálsamo moderador a tanta pasión, la humana? ¿Será que de tanto discurso que no expresa nada, nos va como el mismísimo culo? Dicho de otro modo, si se menciona al crepúsculo, ¿en qué estaríamos pensando?
Me defino, no esquivo al bulto. Apuesto a lo esdrújulo. Es, probablemente, más complejo y expuesto. Pero ¿quién te quita lo vivido, por aciago que resulte? Como bien definió Pedro Mairal, el culo se va, te abandona...





Francisco Javier Arqueros (1952)
Arquitecto y "enseñante aficionado", como él mismo se define. Reside en Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina.
http://arsushuaia.blogspot.com/

viernes, 4 de diciembre de 2009

Vení llorado -Eduardo Belgrano Rawson

Mi tía, que también tiene su historia, está cansada de poner la oreja para las tragedias ajenas, sobre todo a partir del Cacerolazo, cuando el país quedó culo arriba y la gente no hacía más que contar miserias. Todo el mundo se cree en derecho a atosigarla con su operación de la próstata o el último asalto que padeció. Total que la buena mujer, cuando te ofrece su casa, sólo pone una condición: que no la usen de paño de lágrimas. “Te espero a las ocho”, dice, “pero vení llorado”. No quiere que el llanto de los parientes le arruine sus empanadas.


Pero es demasiado pedir. Hay mucho estrés en el aire. En menos que canta un gallo, su casa es un lloradero. Ahora el grifo lo abre Fernanda, que lleva su cruz de maestra en una escuela municipal. Confiesa que a la salida debe quitarle el cuaderno a los chicos porque en la villa los usan para hacer fuego. Eso es suficiente para que Mariela, que enseña lengua en Lugano, se zambulla en su propio drama. Ayer un encapuchado entró mientras daba clase y le tiró un baldazo de agua. Luego huyó a la carrera y todavía lo están buscando. Mariela, como tantas de sus colegas, está sorda y afónica y loca como una chicharra, así que sella su historia del encapuchado con un ataque de hipos. Para peor, hoy es viernes, el día más negro de la docencia. Revela que está en tratamiento psiquiátrico y entonces todos caemos en un frenesí de tragedias.

El único que calla es mi tío, mientras rumia su empanada. No deja de ser irónico, pues ningún otro de la familia ha respirado tan cerca el soplo de la desgracia. El año pasado, después de pensarlo mucho, decidió operarse el juanete. No alcanzó a llegar al quirófano, pues a los camilleros se les cayó por el hueco de la escalera. Entonces debieron operarlo de urgencia, pues es había partido el brazo y ya le asomaba el hueso. En mitad de la cirugía tuvo un paro cardíaco y hubo que abrirle el pecho. Luego estuvo seis meses en terapia psicológica. Al juanete nunca se lo tocaron.

Cuando se agota la hora del sufrimiento, la reunión cambia de rumbo. Ahora es el turno de las leyendas urbanas, esas cosas descojonantes que le ocurren a la gente ignota, amigos de alguien o algo así, que luego todos repiten como si fuera la verdad revelada.

Son la pasión de Fernanda, que espera agazapada. Si mi tío la emprende con su juanete, ella dirá que no es nada comparado con lo de Martha, una dentista tetona que vive por Caballito.

Parece que una mañana, Martha llegó a su casa con las hormonas en alza, hirviendo en ganas de revolcarse con el amor de su vida. Ni bien tocó el picaporte, ya estaba llamando al Negro. Se lo encontró en la cocina, debajo de la pileta, arreglando una gotera histórica. La imagen de su marido arrodillado en el piso, luchando con una llave francesa, la derritió de lujuria. El Negro es un animal de gimnasio, que de short y camiseta está para chuparse los dedos.

De modo que Martha, sin contenerse, hundió sus dedos habilidosos entre los muslos transpirados del Negro, al tiempo que resollaba: “¿De quién son estos huevitos?” Entonces el desgraciado pegó tal cabezazo que se desnucó contra la mesada.

Para qué contar el resto, si el episodio figura en ochenta sitios de Internet, junto con la historia del lazarillo asesino, un perro que eliminaba a sus dueños haciéndolos cruzar la autopista cuando venía el Expreso Cañuelas. Le hacemos notar a Fernanda que es una historia gastada, pero ella resiste a pie firme.

Ustedes podrán decir lo que quieran, dice Fernanda, pero Martha fue la primera; en todo caso, la leyenda empezó con ella. Pero bueno, el desnucado no fue su marido sino el plomero, que murió descerebrado en aquella cocina siniestra.

Lo lindo de estas historias es que, comparadas con ellas, no hay sufrimiento que alcance. Mi tía, de cualquier modo, siempre nos pide lo mismo: que ya lleguemos llorados a comer sus empanadas.









EDUARDO BELGRANO RAWSON

Nacido en San Luis de la Punta de los Venados, provincia de San Luis, en 1943.
Narrador, periodista y guionista de historieta. Publicó No se turbe vuestro corazón (1974) y El náufrago de las estrellas (1979), Fuegia (1991), por la que recibió el Premio de la Critica; Noticias secretas de América (1998); Setembrada (2001) y Rosa de Miami (2005). En 1994 obtuvo el premio Konex en el rubro novela. En 2006 editó un libro de cuentos: El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.

jueves, 12 de noviembre de 2009

EL HOMBRE QUE LE DABA DE COMER A SU SOMBRA -Leónidas Barletta-

Ésta es la historia: a la hora de la comida se presenta en el Boston Club un individuo alto, simpático, de frente despejada, afiladas las sienes. Una mirada humilde y altiva a la vez, le daba, junto con una sonrisa triste, cierto porte distinguido.
Los turistas lo recibieron con generosa tolerancia. Enseguida se supo quién era. Uno de los comensales ajustándose los lentes brillantes, se inclinó sobre su compañera de mesa, todo lo que le permitía su pechera dura, y dijo con una sonrisa estudiada:
-¿No lo conoce usted? Es un pobre diablo que pretende que da de comer a su sombra. Mister Roland lo ha hecho venir para que nos divierta ¿Vamos a ver qué patraña es esa!
Una voz gruesa y profunda tronaba:
-¡Magnífica salsa de hongos!
Con extremosa solicitud, los mozos de comedor vertían el vino dorado o rosado en copas verdes o rojas. Entre los cubiertos de plata y las flores, las botellas de agua mineral ponían una nota agreste e ingenua con sus etiquetas azules, con montañas y vertientes fabulosas.
Nuestro hombre se adelantó con paso elegante y con voz de limpio metal, dijo:
-Distinguidas damas y caballeros; a pedido de mister Roland, que me honra con su protección, tengo el agrado de presentarles una curiosidad que no ha podido ser desentrañada por ningún hombre de ciencia. Todos tenemos una constante compañera de nuestra vida, y es nuestra sombra, desde que vemos la luz hasta que morimos, reintegrándose a ella. Pero yo hace algunos años he logrado cierta intimidad con mi sombra y me he aplicado a conocer sus necesidades y sus inclinaciones. Creo necesario relatar cómo alcancé a entrar en el alma de mi propia sombra; pero si alguno de ustedes tiene curiosidad de saber en qué oportunidad descubrí que mi sombra podía seguir un camino distinto al que yo llevaba y cómo bajo la luna, en medio de la calma nocturna, comprendí que mi sombra vivía tanto como yo, con muchísimo gusto, mientras los señores toman el café, haré el relato por una pequeña suma adicional. Enseguida, correspondiendo al señalado favor del caballero que me ha socorrido, demostraré a ustedes la real existencia de mi sombra, la querida y leal compañera de mi vida.
Fue solemnemente hasta el botón de la luz y dejó la mitad del salón comedor en una semipenumbra que permitía, sin embrago, precisar con facilidad las caras y las cosas.
Se aproximó, luego, a la pared y su silueta alta y fina se proyectó con nitidez. Hubo unos segundos de silencio completo y todos se inclinaron para ver bien lo que iba a ocurrir. Entonces, sin que, al parecer, el hombre se hubiese movido, la sombra se inclinó ligeramente y saludó con una galera alta, con discreta elegancia.
Mirando atentamente no se hubiese podido decir en el momento, que la sombra tenía una forma determinada. Era más bien una silueta vaga, alta, como la de una persona anticuada en el vestir.
Juntando las manos como quien va a soltar una paloma, anunció:
-¡Jinete saltando vallas!
Y en la pared saltó la silueta de un jinete.
-¡Conejo comiendo repollo!
Y apareció el conejo en la verdura.
-¡Cabra trepando!
Y la cabra empezó a subir dificultosamente una ladera escarpada.
-Ya lo han visto, señores. Hemos tomado un poco de sombra, para plasmar las más fugaces imágenes. Sólo me falta conseguir la vida independiente de estas figuras y habré descubierto un nuevo mundo silencioso, de cuya existencia he dado pruebas con esta sencilla demostración.
Se apartó de la pared y la sombra se alargó fantásticamente hasta quebrarse en el cielorraso.
Con la voz un poco misteriosa, en tono frío y desagradable, añadió:
-Distinguidas damas y caballeros: la existencia real de mi sombra, independientemente de mi persona, los estudios que realizo pacientemente para lograr desprenderla de mi lado, me permiten esta rara experiencia: mi sombra, cuando se lo ordeno asume sus condiciones de ente real… Y come. Voy a efectuar una rápida muestra ¿Qué le damos de comer a mi sombra?
Algunas risitas no muy firmes recibieron estas palabras. Una vocesita femenina, melosa, bisbiseó:
-Me desagradan estas brujerías.
-¿Le dan miedo?
-Me desagradan.
El hombre repitió:
-¿Qué le damos de comer a mi sombra?
La voz de trueno dijo:
-Toma, dale esta galantina de pavo ¡Está riquísima!
Estallaron las risotadas. El hombre tomó el plato que le ofrecían y se acercó a la pared; su sombra, elásticamente volvió del techo, casi se pegó a su cuerpo, y de pronto, sin que él se movieses –se le veía bien-, la sombra puso sus finas manos en el plato, tomó su parte con delicadeza, la llevó a la boca; masticaba, engullía…
-¡Curioso!
-Pero, ¿usted cree?
-¡Por Dios, señora, ya he dejado lejos la época del biberón!
-Pero… No me negará que el truco está bien.
-Señores: ¿qué le damos de comer a mi sombra?
-Dele esta pechuga de pollo.
-Aquí hay pastel de manzanas.
-¡Peras! Sería bueno ver cómo se las arregla para embuchar peras.
-Muy bien, señores: ahora la pechuga ¿Quieren tener la bondad de facilitarme una servilleta? Gracias.
Toda la mesa tomaba parte en la diversión, con el mejor humor.
-Dale más pasteles, está un poco flaca tu sombra.
-No me negará que el hombre es ingenioso.
-¡Oye, barbián! ¿No bebe tu sombra? Dale esta copa de Vieux Sauternes que vuelve el alma al cuerpo…
-¡No puedo más de la risa!...
La sombra comió, bebió y fumó, inmutable; luego el hombre, impávido, triste, volvió a encender todas las luces. Sus facciones parecían más pálidas. Dijo gravemente:
-Distinguidas damas y caballeros: sé que una tan misteriosa prueba encuentra campo propicio para la jarana y la incredulidad, pero no importa: día vendrá en que se reconozcan y premien los estudios que he efectuado para lograr la independencia de nuestra sombra. Antes de retirarme invito a todos los que tengan dudas, a que registren mis ropas para que tengan la certeza absoluta de que no llevo nada oculto. Los manjares que han tenido la gentileza de obsequiarme los ha comido mi sombra, tan cierto como me llamo Barón Camilo Flecher. Muchas tgracias, buen provecho y buenas noches.
-¡Vaya con Dios!
-No estamos aquí para practicar registros.
-En mi vida he visto un tipo que haga divertir tanto con una cara de entierro.
-Basta de brujerías; un poco de música.
Camilo Flecher, que se llamaba en verdad Juan Marino, inclinó la cabeza en tres direcciones distintas y salió gravemente del comedor. Al cruzar el jardín de invierno, sintió que lo agarraban con brusquedad de un brazo.
-No quiero verter por aquí –le dijo bruscamente el pesquisa-. La próxima vez irás a dormir a la comisaría con sombra y todo.
Bajó la cabeza y salió caminando despacio. Al doblar la esquina se irguió un poco y apresuró el paso. Bajó las escaleras del subterráneo en Perú. Subió al tren y por sus ojos cansados empezaron a desfilar vertiginosamente las columnas, los focos de luz, los letreros de las estaciones. Bajó en Medrano, anduvo mirando las baldosas y vino a dar en el número ochenta y nueve de Sadi-Carnot. Subió tres pisos y casi sin aliento, tocó suavemente con los huesos de los dos dedos en una puerta.
Abrió una muchacha como de quince o dieciséis años de edad, de frente despejada, ojos profundos.
-Los chicos no han querido dormirse hasta que vinieras –dijo, apartándose para darle paso-. ¡Me dan un trabajo!
En una cama de matrimonio jugaban dos niños rubios que lo recibieron con alegría.
-¿Les diste la leche? –preguntó.
-El lechero no quiso dejarla.
El hombre se mordió los labios sin replicar. Besó a los niños y se aproximó a la mesa; pero de modo que ellos no pudiesen ver más que su espalda.
La muchacha se acercó y le dijo despacito:
-¿Trajiste algo?
Él, sin responder, extrajo de entre sus ropas, una servilleta en doblez y sacó de ella, una pechuga de pollo, dos cucharitas de plata.
La muchacha insistió en voz baja:
-¿Nada más?
El hombre no pudo reprimir una leve sonrisa. Acaso su sonrisa era tan leve, como sutil su pensamiento. Dio vuelta la bocamanga de su saco y desprendió un alfiler de corbata con una perla y un broche con una cruz de diamantes.
La muchacha los hizo rebrillar en la palma de la mano y murmuró:
-¡Qué bonitos!
Tomó, luego, un pan de encima de la repisa, lo abrió fácilmente por la mitad y ocultó en él las joyas. Enseguida cortó en trozos la comida, la puso en un plato y sentada en el borde del lecho se puso a comer con sus hermanos.
-¿No querés algo de esto, papá?
-No –respondió él sin volver la cabeza-. Coman ustedes. Yo he comido.
Barino o Barón Marino, se había sentado de cara a la ventana y miraba ensimismado los techos de la ciudad dormida. La luz de la lamparita eléctrica daba en sus sienes flacas y tristes y la sombra que proyectaba su perfil tomaba la misteriosa forma de una mujer, peinada a la antigua, que parecía recostarse dulcemente en su hombro.







LEÓNIDAS BARLETTA (Buenos Aires 1902-1975)

Narrador y ensayista argentino, fundador del Teatro del Pueblo, con el que se inició el movimiento del teatro independiente argentino y donde Roberto Arlt estrenó sus obras. Se vinculó a los escritores del grupo de Boedo, que defendían el realismo social. Fue secretario de redacción de la revista Claridad y fundó y dirigió el periódico cultural Propósitos, una singular tribuna de la izquierda independiente argentina de mediados del siglo XX.


A través de diarios y revistas dio a conocer artículos en los que defendía el valor de la literatura como testimonio y denuncia de los problemas sociales. Es autor de obras dramáticas como Odio (1931) y La edad del trapo (1952). Escribió también relatos y novelas: Cuentos realistas y canciones agrias (1923), Vientos trágicos, María Fernanda (1924), Los pobres (1925), Vidas perdidas, Royal circo (1926) y, sobre todo, Cuentos del hombre que daba de comer a su sombra (1957).

Fuente de la biografía: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/b/barletta.htm